

La época nos obliga a tomar partido, a opinar, a volver todo espectáculo o doctrina. Pero quizás la salida no esté en disputar ese juego, sino en sostener una práctica sin convertirla en bandera.

Una reflexión sobre la atrofia del lenguaje en la era de las redes sociales: cómo la autocensura y el miedo al linchamiento público nos están volviendo incapaces de decir.