La atrofia del decir

Crecí con la sensación de que todo estaba por irse a la mierda. En mi primer –y por suerte extinto– libro de cuentos había un micro–relato titulado «Colapso nervioso» en el que se generaba un caos colectivo a partir de que las personas empezaran a pedirse, unas a otras, calma: que se quedaran tranquilas. Como las personas, en general, ya estaban medio calmas por default, el hecho de que otras les pidieran, precisamente, que se calmaran, hacía que, lenta y gradualmente, todas, unas y otras, enloquecieran.

No pasó eso ni nada parecido. Y el mundo siguió (¿y sigue?) sin haberse ido a la mierda. Creo que, en parte, esa sensación de colapso inminente (que aun conservo) se basaba en mi profunda incompatibilidad con el resto de la especie, especialmente expresada en lo discursivo. No es que sea un haz de la comunicación, ni mucho menos, pero siempre me sentí rodeado de personas incapaces de decir lo que se piensan o sienten. Después, con los años, me di cuenta de que no era algo exclusivo de mis allegados. La sociedad entera era, en su mayoría, incapaz de expresarse. Y no hablo de censura —aunque también— sino de algo peor: una renuncia colectiva al intento mismo de articular ideas o experiencias con palabras. Una suerte de pereza.

En su libro de 2007 Epistemic Injustice, Miranda Fricker usó el término «injusticia hermenéutica» para explicar lo que sucede cuando la experiencia de una persona no puede ser comprendida (por ella misma o por los demás) porque no hay ningún concepto disponible que pueda identificarla o explicarla adecuadamente.

En 2015, desde una perspectiva psicoanalítica, en la compilación Del matrimonio como una de las bellas artes, Julia Kristeva, explicaba lo siguiente: «Es la capacidad de ‘psiquizar’, si se me permite el neologismo, lo que está en crisis: la aptitud de ‘expresar en palabras’ la excitación, la angustia, el trauma. De ‘representar’ aquello por el medio que sea: pintura, música, danza, deporte; pero, sobre todo, de nombrarlo. Pues el lenguaje no solo puede desplazar la presión, aliviándola, sino también interpretarla y compartirla eventualmente con la capacidad respectiva de un compañero o pareja. Sin esa modulación, el espacio interior se vuelve más estrecho, se deshace, y la pulsión se vuelve contra la persona-fuente, que explota desarrollando una enfermedad psicosomática, si es que no se convierte en una bomba humana, en un kamikaze: el humano se despersonaliza hasta que de él no queda más que un arma de destrucción…»

Lo que no se puede decir, socialmente, no existe. Lo que las personas somos capaces de sentir o imaginar existe dentro de nosotros, como experiencias íntimas, pero en la medida en que no podemos articularlas, ya sea expresándolas con palabras o sublimándolas en creatividades, mueren en nosotros.

La atrofia del decir
Imagen ilustrativa de una campaña por la contaminación sonora en Buenos Aires en 1974

La post–pandemia consolidó un clima discursivo polarizado y violento con el que yo, particularmente, venía conviviendo desde muy joven. Siempre, en cualquier contexto, las personas me pedían que sintetice, que redondee, que vaya rápido al momento de mi discurso en que, finalmente, yo dijera «algo». Pero yo ya estaba diciendo algo. Algo, evidentemente, más complejo de decir de lo que la mayoría de mis interlocutores podía tolerar. No estoy diciendo que dijera nada importante o destacado sino –lisa y llanamente– más complejo. Si tengo una habilidad comunicativa, creo, está en la descripción, la lectura: observar, pensar, decir. Y aquello que observo y pienso intento decirlo, cada vez, mejor. Por eso mis interlocutores se aburren. Sienten que digo siempre lo mismo: nada. Porque nunca llega el momento en que yo, finalmente, expreso una opinión. No hay, no tengo. Cada vez menos, por suerte.

En los últimos años he notado cómo esa intolerancia dio un paso más: convertir la descripción en un juicio negativo. Incapaces, ya, en general, de tolerar la existencia de palabras neutras que no expresen necesariamente una opinión, deshabituados a la retórica de la observación, mis interlocutores, cuando describo algo (una situación personal, un rasgo de mi carácter, una película, un libro, un hecho social) sienten que lo estoy criticando, que me estoy quejando, que estoy hablando de eso en términos negativos. Y en así reaccionan.

Las redes sociales, que prometían democratizar el acceso a la palabra pública, se convirtieron en máquinas de escarnio social. Una sociedad de bullies que habla mal y destroza tanto a los que hablan bien como a los que hablan peor que ella. Que esperan el tropiezo, la formulación imprecisa o una cantidad de caracteres superior a la de un tweet para saltarte al cuello. De a poco fueron convirtiendo los pocos espacios públicos que lograron sobrevivir a la extinción de la cultura de masas en un campo minado donde cualquier intento de articular algo complejo o ambiguo se ahogó en la intrascendencia.

He ahí la paradoja: mientras unos pocos, desde los medios, desde las redes, se quejan de la violencia comunicacional, de los trolls, de la polarización y de los gritos que ellos mismos replican, la gran mayoría de la sociedad, incapaz ya de decir, se atrofia en el silencio. Estas personas no se callan por prudencia o elección estratégica. Se callan porque no pueden, no saben o no quieren decir. Porque no tienen los medios, ya, para expresar lo que les sucede por dentro. Porque tienen miedo de que, si dicen lo que piensan, los linchen o no los entiendan. O porque han dicho mucho y han sido, sistemáticamente, ignoradas.

Tal vez el dos mil uno haya sido el último grito popular. El último momento en el que pareció haber cierto acceso a la palabra. Todo lo que vino después fue, un poco, callarse. Veinticinco años de silencio parcial o total, voluntario o forzado, fueron matando los músculos que requiere el discurso articulado.

Y el silencio nunca fue salud.